viernes, 31 de julio de 2009

Killo... que rápido se pasa el tiempo

Viene este post a cuento de esa conversación intrascendental que a veces tenemos con un compañero de trabajo cuando vamos para el ídem.

Normalmente por estas fechas, suele comentar: "Jo killo, como se pasa el año, ya estamos comiendo polvorones otra vez". Y en segundos, interiormente reflexionas la frase, y realmente piensas "Jo killa, que rápido se te está pasando la vida. Hacé ná que te subistes al tren y ya vas por medio camino".

Y ¿dónde está la raíz de todo esto?.... pues creo, en que la mayor parte del tiempo tomamos un AVE en lugar de un tren de cercanías y luego... llegamos antes al final del recorrido y además, a la hora, sin retraso.

Nos empeñamos en estar viviendo de un pasado, de lo que hicimos o dejamos de hacer, sin darnos cuenta que ya no tiene remedio. Nos empeñamos en estar pensando siempre en el futuro, en qué nos traerá o nos dejará de traer... y claro... no saboreamos el presente, las pequeñas cosas que nos pasan minuto a minuto... ¡Siempre vamos corriendo!

Emulando a Machado : "Mi infancia son recuerdos de un patio del Cádiz de Extramuros", concretamente de una calle que ha cambiado mucho, la Calle Recreo al lado de la Plaza del Árbol. Parece mentira, estuve allí solo hasta los tres años, pero lo vivido lo tengo más presente que lo que hice esta mañana. Casitas bajas como la mía, compartida por dos familias para pagar el alquiler, un enorme patio interior con arboles y un pozo, y un lavadero al fondo. Mis vecinos, eran una familia gitana que criaba gallos de pelea y de vez en cuando, alguno saltaba el muro y nos daba el susto.

Ahí en la foto estoy en ese patio. Mis juguetes tres o cuatro pedasssoss de caracoles con los cuales hacía carreras de competición tós los días y un conejito llamado "Kiko" que un buen día desapareció. Por cierto, coincidió con una paella con carne que hizo la mujer de la otra pareja que vivia con nosostros, que eran de Alicante. Mi madre no quiso comerla... entonces no sabía ¿porqué?

Por la tarde, mi madre me colocaba en la enorme ventana enrejada con unas monedas y esperaba el tiempo que fuera a que pasara el señor que traía los helados de cucurucho quien, sabedor de mi constancia, ya me llamaba con un "Maricuchi" y yo alargaba la mano entre las rejas y recogía mi regalo diario... y ya no existía la niña. Al atardecer, las vecinas sacaban sus sillas al fresquito y la calle se convertía en una enorme tertulia hasta las tantas.

¿Por qué me acuerdo? Porque entonces la vida se paladeaba, se saboreaba y había más necesidad que ahora, pero también se era feliz con menos. Y no se corría hacía ningún lado, pues lo que tenías a tu lado era suficiente.

1 comentario:

perico dijo...

joé( con perdón)Eugenia...
yo he jugado en la plaza del arbol (era uno de los límites del contra) ¿no había allí una peluquería de señoras? !que de horas pasadas esperándo a mi madre! Que cojas el tren que mejor te venga tres besos